Viernes. Cinco de la tarde. El plan no era el de todos los viernes. Pero tampoco era algo a lo que Gustavo no estaba acostumbrado.
A las siete se encontró con un amigo en la estación. Tren y subte hasta algún estadio cerrado de la capital. Es un detalle insignificante si tocaba Calle 13 o Divididos. A Gustavo y Alejandro (el amigo de Gustavo) lo que les importaba es transpirar la remerita por dos horas y en una de esas encontrar con quién seguir la noche.
El primer objetivo es cumplido con creces. El segundo, ni por asomo.
El recital termina pasadas las doce de la noche. No hay subtes ni trenes, por lo que un viaje de dos colectivos y más de una hora los espera. Para colmo de males, la espera del primer bondi es de media hora debajo de una intensa lluvia.
Una y algo bajan del primer colectivo. Se dirigen a la parada del colectivo que los dejará en su casa, pero un conocido local de comidas rápidas en la vereda de enfrente es demasiada tentación para sus estómagos. Una vez en el local, piden hamburguesas, papas fritas y gaseosas.
Mientras comen y bañan las papas fritas con mayonesa, Gustavo y Alejandro comentan vicisitudes del recital. A todo esto, el reloj ya marcaba las dos de la mañana y a través de la pared vidriada del local Gus y Ale divisaban más de una silueta interesante. A la tentación de las siluetas se suma la poca frecuencia del transporte público en estos horarios (y los pocos deseos de ambos de dejar parte de su efectivo en la caja de una remisería).
De esta manera, la idea de ir a tomar el colectivo se torna inviable y los muchachos caminan unas pocas cuadras hacia una zona llena de bares. Se meten en uno de ellos y sin perder tiempo, piden la primera cerveza de litro. La primera cerveza fueron dos, tres, etcétera. A partir de este momento, la claridad de nuestro relato es inversamente proporcional a las cervezas que tomaron nuestros protagonistas.
En algún momento de la noche, en la misma que ocupaban Gus y Ale aparecen dos chicas. Empiezan preguntándose cosas del estilo “¿Venís seguido a este bar?”. Con el correr de los minutos y las cervezas, el asunto se pone más interesante.
Gustavo, Alejandro, Belén y Daiana (las chicas) deciden irse del bar y se van a una disco que estaba a unas pocas cuadras. Una vez dentro de la disco, se acercan a la barra y piden tragos. Las chicas se hacen un festín gastándolo a Alejandro a causa del Sex on the beach que se pide, alegando que se trata de un “trago de minas”. El episodio fue seguido de varias rondas de tequila.
El resto de la noche es muy confuso. Lo único seguro es que tanto Gustavo y Alejandro como Belén y Daiana se no volvieron juntos a sus casas.
A la mañana siguiente, Belén abre sus ojos y se da cuenta que no recuerda precisiones de la noche que acaba de vivir. “Demasiados tequilas”, murmura. Segundos más tarde, Belén expresa en tono bajo su bronca hacia si misma: “Donde carajo estoy, seguro que me doy vuelta y está el pendejo de turno. Lo voy a abrazar y decirle que la pase genial, el se la va a creer y yo me voy a aguantar para no reírme.” Una hora después, Belén emprendió el regreso a su casa.
En la tarde del sábado posterior, Belén y Daiana se juntaron a tomar mates. Lo sucedido la noche del viernes pasado era tema ineludible de charla, más teniendo en cuenta que Belén empezaba a reconstruir en su mente la secuencia de los hechos:
“Nos sentamos en una mesa, las cervezas iban y venían, y hasta donde puedo recordar la conversación, ese chico Gustavo me idiotizó. Después en el boliche pasó lo que tenía que pasar y nos fuimos a su casa, en la parte linda de Lomas. La verdad que la pasé muy bien. Había piel entre los dos…mucha piel.”
Daiana no pudo ocultar su sorpresa ante lo dicho por su amiga, preguntándole qué le pareció atractivo de Gustavo. La respuesta de Belén dejó más dudas que certezas:
“En realidad no sé bien que pasó, en qué instante lo dejé que me coma la boca. Malditos y benditos tequilas. Lo que recuerdo bien es que en un momento en la cama me dijo que le encantó que haya aparecido en su vida, a lo cuál yo le respondí que también me había gustado conocerlo y que me parecía muy lindo, aliento a tequila de por medio. Ahí nos colgamos hablando, no me acuerdo sobre qué. Tenía una mirada muy fuerte. Sus frases no eran las del pibe promedio, argumentaba todo de una forma extraña. Pero no terminó durmiendo entre mis piernas solo por eso, tenía algo más. Pero no te puedo decir que es ese ‘algo más’, porque en realidad no logró descubrir que es. Con otros pibes te puedo decir que me gustaban físicamente o por su chamuyo, pero en este caso hay otra cosa, que no puedo poner en palabras. Es como que era imperfectamente perfecto. No se.”
Por alguna razón, los ojos de Belén y Daiana se humedecieron rápidamente. Se abrazaron y quedaron en esa posición durante un par de minutos. Después, se empezaron a secar las lágrimas.
-¿No será que ese ‘algo más’ de Gustavo era su buen corazón? -preguntó Daiana.
-Puede ser -respondió tibiamente Belén-. Puede ser el corazón perfecto en el cuerpo equivocado.
-¿No pensás que el corazón perfecto en el cuerpo equivocado le puede traer soluciones a tu vida? –retrucó Daiana-.
-Eso si no lo pruebo no lo puedo saber –respondió Belén-. ¿A vos te parece que me la tendría que jugar?
-Yo no puedo responderte esa pregunta –afirmó Daiana-. Es algo que tenés que hablarlo con vos misma.
A esta altura la cabeza de Belén era una bomba de tiempo. Le resultaba muy difícil dilucidar si las sensaciones que tuvo durante y después de esa noche tenían un sostén real o eran un desvarío cimentado en alcohol. Tras un buen rato de meditación, Belén cambió de pensamiento definitivamente.
-¿Corazón perfecto? ¿Cuerpo equivocado? –dijo Belén en tono irónico-. La verdad Dai, suena muy cursi pero bastante irreal, y la verdad que prefiero la realidad, por más cruel que sea.
Dos sonrisas cómplices desviaron la charla hacia asuntos más triviales. Al fin de semana siguiente, Belén y Daiana volvieron a salir de noche. Fueron a un bar, empezaron a tomar algo, aparecieron dos chicos, empezaron con las preguntas de siempre y así siguió la noche. Al otro día, no fue necesario analizar minuciosamente que sucedió la noche anterior. Más bien, se dedicaron simplemente a reírse de detalles anecdóticos típicos de cualquier noche.
Gustavo, por su parte, se levantó muy tarde el sábado posterior a su “famosa” noche con Belén. El dolor de cabeza provocado por el tequila de la noche anterior no atentó contra la satisfacción provocada por la noche vivida. Al fin y al cabo, noche que se pierde, no se recupera.
viernes, 8 de abril de 2011
sábado, 6 de noviembre de 2010
La parte más difícil
"Sábado, cinco de la tarde: Juliana y Marcos se encuentran en una mesita al sol en un bar de algún barrio porteño. Ella pide un café, él una cerveza. Empiezan a charlar.
El final era anunciado. La relación venía boyando hace varios meses. Ella estaba cansada de su irritante parsimonia. Él ya no toleraba su histeria. Media hora después de que el mozo sirva el pedido, cuatro años de vivencias, proyectos y sueños quedaron en el billete de dos pesos que él dejó como propina."
El derrumbe de una relación en la que uno pone lo mejor de sí conlleva (en el mejor de los casos) un período de adaptación al nuevo escenario que la vida te pone enfrente, que no suele ser sencillo de abordar. Como dice un tema de Coldplay, "the hardest part was letting go, not taking part". Traducido, la parte más difícil de este proceso suele ser dejar atrás el viejo escenario, aprender a tenerlo en la mente como una parte del pasado, pero no anclarse en él y tratar de arreglarlo, operación cuya dificultad suele ser similar a la de jugar al billar con un hilo dental en lugar de un taco.
Dejamos atrás el pasado, perfecto. ¿Dónde vamos ahora? No hay donde ir. Vuelta al pasado.
No hay que asustarse, es parte del proceso. Hay un viejo refrán que dice que se ve mejor del lado de afuera hacia adentro que del lado de adentro hacia afuera.
Y llegar a ubicarse afuera implica tiempo, el que cada persona necesite para hacer su duelo y seguir adelante, con la proa en el norte y la cruz en el sur. La cruz siempre va a estar atrás nuestro, siguiéndonos. Por eso hay que ir hacia el norte, bajo toda circunstancia; nunca dejar que nos alcance, aunque sepamos que en algún momento lo va a hacer.
Quedó y quedará sin respuesta el asunto de hacia dónde ir. Será cuestión de romper el costurero, y salir a descoser.
El final era anunciado. La relación venía boyando hace varios meses. Ella estaba cansada de su irritante parsimonia. Él ya no toleraba su histeria. Media hora después de que el mozo sirva el pedido, cuatro años de vivencias, proyectos y sueños quedaron en el billete de dos pesos que él dejó como propina."
El derrumbe de una relación en la que uno pone lo mejor de sí conlleva (en el mejor de los casos) un período de adaptación al nuevo escenario que la vida te pone enfrente, que no suele ser sencillo de abordar. Como dice un tema de Coldplay, "the hardest part was letting go, not taking part". Traducido, la parte más difícil de este proceso suele ser dejar atrás el viejo escenario, aprender a tenerlo en la mente como una parte del pasado, pero no anclarse en él y tratar de arreglarlo, operación cuya dificultad suele ser similar a la de jugar al billar con un hilo dental en lugar de un taco.
Dejamos atrás el pasado, perfecto. ¿Dónde vamos ahora? No hay donde ir. Vuelta al pasado.
No hay que asustarse, es parte del proceso. Hay un viejo refrán que dice que se ve mejor del lado de afuera hacia adentro que del lado de adentro hacia afuera.
Y llegar a ubicarse afuera implica tiempo, el que cada persona necesite para hacer su duelo y seguir adelante, con la proa en el norte y la cruz en el sur. La cruz siempre va a estar atrás nuestro, siguiéndonos. Por eso hay que ir hacia el norte, bajo toda circunstancia; nunca dejar que nos alcance, aunque sepamos que en algún momento lo va a hacer.
Quedó y quedará sin respuesta el asunto de hacia dónde ir. Será cuestión de romper el costurero, y salir a descoser.
viernes, 16 de julio de 2010
Golf
Esta tarde, mientras me soportaba a mí mismo como podía a causa de una rinitis que me tiene los huevos al plato, me puse a ver un torneo de golf, que se estaba jugando en un campo al lado del mar en Escocia y por lo que pude entender de lo que decían los comentaristas, se trataba de uno de los torneos más importantes.
Yo no entiendo mucho de golf, pero pude apreciar que soplaba muchísimo viento y que, por lo tanto, parecía que la cancha le estaba ganando a los jugadores más que los jugadores a la cancha. Sin embargo, los tipos mantenían la cordura, la sonrisa y los buenos modales (no se si por costumbre o porque están pseudo-obligados a hacerlo), y cada tanto (o cuando hacían un buen tiro), se permitían festejar y joder un poco con el público.
En el final de la transmisión de hoy (aparentemente el torneo sigue sábado y domingo), hubo un hecho bastante emocionante: En el último hoyo (creo que se dice así), un yankee de unos 60 años llamado Tom Watson, después de pegar el primer tiro se arrimó a un puente de piedra que había en la cancha y lo besó; después, se subió al mismo, desde donde saludó al publicó (que lo ovacionó) y una banda de fotógrafos se mataban para conseguir “la foto” de este tipo. Unos minutos después, cuando terminó de jugar el hoyo, las lágrimas se apoderaron del viejo, que había quedado eliminado. Por lo que explicaron los de la transmisión, las lágrimas no fueron de tristeza por quedar eliminado, sino de emoción porque era su último torneo. Por lo que entendí, este tipo fue un jugador de la puta madre (¿el Maradona del golf?) y se estaba retirando.
Desde cierto punto de vista, vivir se parece mucho a jugar al golf, porque siempre hay momentos en que la vida te va a superar. En esos momentos, hay que poner la mejor cara, bancarsela, pensar que vendrán tiempos mejores, pero tratando de disfrutar de lo que hay en ese momento particular que estás viviendo, porque probablemente nunca lo puedas volver a repetir.
Yo no entiendo mucho de golf, pero pude apreciar que soplaba muchísimo viento y que, por lo tanto, parecía que la cancha le estaba ganando a los jugadores más que los jugadores a la cancha. Sin embargo, los tipos mantenían la cordura, la sonrisa y los buenos modales (no se si por costumbre o porque están pseudo-obligados a hacerlo), y cada tanto (o cuando hacían un buen tiro), se permitían festejar y joder un poco con el público.
En el final de la transmisión de hoy (aparentemente el torneo sigue sábado y domingo), hubo un hecho bastante emocionante: En el último hoyo (creo que se dice así), un yankee de unos 60 años llamado Tom Watson, después de pegar el primer tiro se arrimó a un puente de piedra que había en la cancha y lo besó; después, se subió al mismo, desde donde saludó al publicó (que lo ovacionó) y una banda de fotógrafos se mataban para conseguir “la foto” de este tipo. Unos minutos después, cuando terminó de jugar el hoyo, las lágrimas se apoderaron del viejo, que había quedado eliminado. Por lo que explicaron los de la transmisión, las lágrimas no fueron de tristeza por quedar eliminado, sino de emoción porque era su último torneo. Por lo que entendí, este tipo fue un jugador de la puta madre (¿el Maradona del golf?) y se estaba retirando.
Desde cierto punto de vista, vivir se parece mucho a jugar al golf, porque siempre hay momentos en que la vida te va a superar. En esos momentos, hay que poner la mejor cara, bancarsela, pensar que vendrán tiempos mejores, pero tratando de disfrutar de lo que hay en ese momento particular que estás viviendo, porque probablemente nunca lo puedas volver a repetir.
jueves, 8 de julio de 2010
Ella
El arte, en sus distintas expresiones y en innumerables ocasiones, juega con la idea de muerte. En una explicación dada por Sigmund Freud acerca de porqué las tragedias griegas tenían en su época tanta aceptación como el programa de Tinelli en la actualidad, él explicaba que la clave radicaba en que el espectador, después de identificarse con el personaje que sufre distintas malas situaciones, consigue despegarse del displacer generado gracias a la distancia real que lo separa de dicho personaje, consiguiendo de esta forma llegar a una situación de placer.
Y si la muerte es el displacer más grande, porque de ella no hay vuelta atrás, el arte lo que hace en muchas de sus expresiones es tratar de exorcizarla, porque ella siempre viene detrás.
Y si la muerte es el displacer más grande, porque de ella no hay vuelta atrás, el arte lo que hace en muchas de sus expresiones es tratar de exorcizarla, porque ella siempre viene detrás.
domingo, 4 de julio de 2010
Delirio mundial
Se me ocurrió pensar lo bueno que sería que acontecimientos del carácter del mundial de fútbol que está llegando a su fin sirvan para que mucha gente tome conciencia de que todos vivimos en el mismo mundo y la humanidad es una sola, más allá de la bandera a la que se corresponda cada uno, y que la competencia quede en los límites del terreno de juego.
Por desgracia, lo que uno puede percibir (por lo menos en estas latitudes) es exactamente el efecto contrario y una pelota de cuero (o del material que sea la Jabulani) es capaz de sacar a flote las peores miserias humanas; y lo que escribí en el primer párrafo por ahora no es más que una ingenuidad.
Por desgracia, lo que uno puede percibir (por lo menos en estas latitudes) es exactamente el efecto contrario y una pelota de cuero (o del material que sea la Jabulani) es capaz de sacar a flote las peores miserias humanas; y lo que escribí en el primer párrafo por ahora no es más que una ingenuidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)